Calles

Parque Avellaneda

Av. Escalada

El último farol

Buenos Aires conoció el alumbrado en sus calles hacia 1774, Quienes se arriesgaban a transitar sus calles en la noche debían llevar sus faroles, solo de esta forma se posibilitaba el desplazamiento. Cuando se realizaban celebraciones políticas o religiosas, se permitía como excepción la colocación de antorchas o faroles en el lugar del evento. Al término de la reunión de nuevo se volvía las tinieblas.

El 23 de marzo de 1744 cuando la ciudad había cumplido 164 años, el Gobernador Domingo Ortiz de Rosas redactó un bando donde dispuso la colocación de faroles, desde el toque de oración hasta las 10 de la noche en verano, y hasta las 9 en invierno, en las puertas de las tiendas y las pulperías, con esta medida quiso evitar el gobernador “muchas ofensas que se comenten contra Dios, nuestro Señor.“

La orden se extendió al uso en zapateros, sastres, barberos, herreros y otros oficios el 3 de noviembre de 1766, con esta medida el Gobernador D. Francisco de Paula y Bucarelli intentó evitar “que los ladrones y demás delincuentes puedan con más libertad cometer sus delitos. El bando debería cumplirse hasta las 11 de la noche en verano y una hora menos en invierno.

Las dos medidas anteriores se hicieron extensivas a todas las calles colocando en las esquinas faroles de vela de sebo desde las 8 de la noche a las 12 de la noche por orden del último Gobernador del período hispánico, D. Juan José de Vértiz y Salcedo firmada el 2 de diciembre de 1774. Quienes se tuvieron que hacer cargo de los costos fueron los vecinos por medio de un impuesto, quienes lo recaudaban y mantenían el servicio, la policía, que lo hizo hasta 1856 cuando se Fundó La Municipalidad de Buenos Aires.

Vértíz precisó en la forma de encender los faroles y de efectuar su limpieza al detalle, fijando la pena de“50 azotes para el criado de color que los rompiera al tiempo de encenderlos, de limpiarlos o de retirarlos por la malicia que puede llevar con ello contra el amo.” 

Los faroles de vela fueron reemplazados en 1840 por los de aceite y por los de Querosene en 1850 más tarde se introdujo la iluminación a gas que aunque se había usado en algunas oportunidades, se oficializó el 2 de Julio de 1853. El contrato se suscribió con Federico Jaunet y Hno, quienes dieron vida a la Compañía Primitiva de Gas  (más tarde Gas del Estado) para que colocara faroles en algunas calles de Buenos Aires.

La imposibilidad de de colocar faroles a gas en todos lados hizo que los faroles a querosene existieran en varios lugares por mucho tiempo, en 1882 se comenzó a instalar la red de iluminación eléctrica y los tres sistemas convivieron simultáneamente dando luz a la ciudad, querosene en extramuros, gas en los barrios y electricidad en el centro.

El último farol se apagó en Buenos Aires el 19 de marzo de 1931, lo hizo el intendente municipal D. José Guerrico y estaba ubicado sobre la avenida del trabajo. Ese día, desaparecieron también los faroleros, quienes todas las noches recorrían con sus escaleras de mano toda la avenida para encender sus faroles. La luz eléctrica había ganado Buenos Aires.

Quienes quieran ver estos faroles, tienen muestras en los museos de Historia Nacional, de Luján y de la Policía Federal Argentina.


Último farol de Buenos Aires

La noche era inusualmente fresca para el mes de Marzo. Un reducido grupo de gente se acurrucaba en la esquina de Escalada y Av. Del Trabajo. Subido a un palco improvisado, el intendente José Guerrico apuraba las palabras de un discurso. La oscuridad se confundía con los vetustos tapados de la audiencia. Otros parroquianos transitaban indiferentes, los tranvías aullaban al pasar. Dentro del minúsculo círculo, un hombre mayor lloraba en silencio. Aferrado a su mano, un pequeñín devoraba un enorme chupetín rojo.

—Abuelo, ¿por qué van a apagar el farol?

—Que sé yo, Pedrito —el viejo alzó la mirada hacia la luz, y las lágrimas gotearon—. ¿Por qué...?

¿Cómo explicarles a estos locos del progreso tu valía? ¿Cómo decirles que tu llama paciente y serena, protegió durante tanto tiempo a todo aquel que se acercara? ¿Cómo contarles de la noche fatal, cuando me salvaste la vida?

Aquellos dos malandras me la tenían jurada. Era tarde, y ya, desde que había salido del café, sentí que me seguían. Yo venía copeteado, pero bastante sobrio para entender lo peligroso de la situación. La única esperanza era caminar hasta Escalada y encontrar algún farol iluminado. Aceleré el paso. Me alenté pensando que en las esquinas con luz siempre había canas dando vuelta. Aunque... la yuta nunca era una fija, y para Escalada faltaban dos cuadras más. Me apuré, pero sin correr: sólo conseguiría ponerlos más nerviosos. Tenía que zafar, sí o sí. Perdí la esperanza al llegar a Escalada: la oscuridad era total. Ellos habían apagado los faroles, seguro, y ahora me tenían regalado. Los recuerdo como si lo estuviera viendo: sus miradas vengativas, las sonrisas burlonas… y yo, encerrado contra la esquina. Pelaron cuchillos y se vinieron al humo. Perdido por perdido, les hice frente ¿Qué iba a hacer? El grandote sacó el primer turno y encaró como un rayo: ¡zac! me afeitó la barbilla. El tajo fue profundo porque la sangre me salía como de una canilla. Sentí tambalearme y de vuelta las risas. Atrás vino el otro sucio, para terminar el asunto… ¡y apareciste vos! No lo esperaba, ellos menos. ¡Ja! ¿Quién se lo podía esperar? Nadie. ¡Te prendiste solo, loco! Aproveché la sorpresa y salí rajando. No estabas tan lejos, sería una cuadra. Corrí con todas mis fuerzas, mirándote fijo. Me olvidé de la tranca y de los pícaros. Corrí y corrí. Te anhelé y te anhelé.

Un botón apareció por una de las esquinas, tan sorpresivo que casi me lo llevo puesto. Me rajó una puteada en siete colores, pero ni bola le di, seguí a toda furia. Pero el cana había quedado caliente, y ya salía detrás de mí cuando aparecieron mis perseguidores a todo galope. Ahí sí tuvo con quién desquitarse. Lo vi. que sacó a revolear el palo y a meter barullo con el pito: ¡preeeeee! ¡preeeee!

Yo seguía corriendo, hasta que llegué a tus pies y te abracé como a la vida misma. De la oscuridad salieron más canas, cualquier cantidad, una patrulla entera. Los otros dos no podían creerlo.

—¡Marche preso! —escuché que les decían. A mí, nada. Seguía abrazado a vos.

—Hoy —la voz del intendente retumbó en el frío de la noche—, 19 de marzo de 1931, es un día histórico. Este farol dejará de brillar para siempre. El progreso se hace luz frente a nuestros ojos. Y, con él, todos los avances que mejoraran la calidad de vida de los ciudadanos de Buenos Aires.

El anciano sólo miraba el farol.

—¿Abuelo? —el chico le tiró de la manga del sobretodo—, ¿ya nos vamos?

El intendente trepó una escalera, y comenzó a cerrar la válvula del viejo farol.

Pero bueno, te vas en paz me imagino. Cumpliste uno de tus cometidos: desde aquella noche dejé el camino oscuro, me enderecé. Me iluminaste la vida en todo sentido… Hoy, cuando me enteré que te iban a apagar, me apagué un poco. Igual, no creas que a mí me queda tanta luz. En cualquier momento me apagan también.

La llama, ya muy pequeña, resistió en un breve bailoteo antes de esfumarse.

El intendente constató que estuviese bien apagado y miró sonriente al público.

—El último farol de una época que simboliza el pasado —dijo señalándolo—. Y se apaga hoy, para darle paso a una nueva generación.

Un tímido aplauso culminó el acto, y el pequeño grupo no tardó en dispersarse. Luego marchó el intendente rodeado por su comitiva. Y, por último, unos hombres de fajina quitaron la escalera y se pusieron a descuajar el farol.

El anciano y el niño permanecieron un tanto apartados: uno, todavía concentrado en el enorme chupetín; el otro, con la mirada perdida en las calles.

 

Hace exactos setenta años que me enteré de esta historia. Hoy se cumplen también setenta años desde que se apagó el último farol de alcohol carburado en la ciudad de Buenos Aires. Y, con él, muchas historias de nuestra querida ciudad.

Marcelo di Marco

Publicado el 13 de octubre de 2004.

04/07/2009   10/07/2020