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LA LEYENDA DE LA YERBA

 
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Yanquetruz
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MensajePublicado: Vie Feb 15, 2008 9:26 pm    Título del mensaje: LA LEYENDA DE LA YERBA Responder citando

LA LEYENDA DE LA YERBA

EL NACIMIENTO DE KAÁ-GUASÚ: LA YERBA MATE

El mate es una infusión sumamente popular en la República Argentina y en Uruguay. La yerba mate es un arbusto del género de las Aquifoleáceas cuyas hojas contienen una apreciable cantidad de un alcaloide denominado teína, (similar a la cafeína), de considerable acción estimulante. Aquí reproduciremos una versión de la leyenda guaraní sobre el orígen de kaá-guasú: la yerba mate.

Y así habitaba en el cielo. Todas las noches se pasea por las alturas, alumbrando las copas de los árboles y la superficie de los esteros. Y, un buen día, se dió cuenta que todo lo que conocía de la selva era lo que veía desde arriba: los ríos, las cascadas, el colchón verde de los árboles... pero que no sabía nada de lo que pasaba en el suelo.

Así que quiso ver por sí misma las maravillas de las que le habían hablado, el sol, la lluvia y el rocío: los coatíes cazando al atardecer, las arañas tejiendo sus telas, los pájaros empollando sus huevos... en fin, todas esas maravillas de la naturaleza que los hombres estamos tan acostumbrados a ver, que ya no les prestamos atención.

Hasta que un día se decidió; la invitó a Araí, la nube, y juntas se fueron a pedirle autorización a Kuarajhí, el Dios Sol, para que las dejara bajar a la Tierra.

-Está bien -les contestó el Dios Sol-; yo les doy permiso, pero desde ya les digo que cuando lleguen allá tendrán las mismas debilidades que los seres humanos, y estarán expuestas a los mismos peligros, aunque ellos no puedan verlas a ustedes.

-A la mañana siguiente -reinició don Ante, después de cambiar la cebadura-, tempranito nomás, ya estaban las dos muchachas recorriendo la selva, paseando entre los timbó y los quebrachos, jugando con los caí-carayá, los monos aulladores, charlando con pájaros guacamayos, y con los metalizados mbaé-í-humbí, un picaflor amazónico, y riéndose de las patas chuecas de los aba-caé u osos hormigueros.

Caminaron durante horas entre gigantescos lapachos y urundays, abriéndose paso entre los bejucos y las lianas y tejiendo collares y coronas de orquídeas y mburucuyás, las flores pasionarias.

Así, hasta que llegó el mediodía y, como si hasta ese momento no lo hubieran notado, llegó hasta ellas el rumor sordo e interrumpido del monte, entretejido por el parloteo estridente de los loros, el graznido de los halcones, el martilleo del pájaro carpintero y todos esos otros sonidos que no se pueden definir con precisión, pero que forman parte de esa vida bullente y siempre renovada de la selva.

Todo aquel bullicio, sumado a su inexperiencia, hizo imposible que escucharan los sigilosos pasos del yaguareté, famélico después de una larga noche o de una infructuosa cacería. La bestia rugió furioso en el momento del ataque, mientras las diosas cerraban sus ojos, esperando los zarpazos que acabarían con su frágil vida humana. En lugar de ello, oyeron un silbido y un golpe sordo, tras el cual el salvaje bramido se tornó en gemido cuando una flecha, disparada por un joven cazador guaraní que pasaba accidentalmente por el lugar, se clavó profundamente en el flanco expuesto del animal.

Enfurecida de dolor, la fiera se revolvió contra el cazador, abriendo sus fauces aterradoras y sangrando por el costado, pero una nueva flecha acabó con su agresión. En medio del fragor de la lucha, el jóven cazador de la tribu cypoyai creyó entrever la silueta de dos mujeres que huían despavoridas, pero luego, al revisar los rastros, no vio más que la sangre derramada del yaguareté y los arañazos de sus zarpas en la hierba, y creyó haberse equivocado.

El cypoyai, orgulloso frente a su primer jaguar, sacó su cuchillo, lo desolló cuidadosamente y luego se acostó a la sombra de un ceibo. Agotado por la excitación de la caza, durmió profundamente y, mientras lo hacía, soñó que dos hermosas mujeres, de piel blanca como la espuma del río y rubias cabelleras como nunca había visto, se acercaban a él y, llamándolo por su nombre, una de ellas le dijo:

-Yo soy Yasí, y ella es mi amiga Araí; volvimos para agradecerte el habernos salvado la vida. Fuíste muy valiente al enfrentarte al yaguareté para defendernos, y por eso voy a entregarte un premio que te envía Kuarajhí, el Dios Sol. Más tarde, cuando llegues de vuelta a tu maloka (casa), encontrarás junto a la entrada una planta que no reconocerás; la llamarás caá, y con sus hojas podrás preparar una bebida que acerca los corazones solitarios y ahuyenta la nostalgia y la tristeza. Es mi regalo para tí, para tus hijos y para los hijos de tus hijos...

Luego, en su sueño el jóven cazador creyó ver que las dos muchachas se alejaban entre los árboles, seguidas por una bandada de mariposas blancas, y enseguida fueron solamente un resplandor entre los arbustos. Pero al atardecer, al llegar a su tavá (pueblo) él y los miembros de su familia vieron un nuevo arbusto de hojas ovaladas y brillantes que brotaba por doquier. Ante el asombro de todos, el jóven cypoyai siguió las instrucciones de Yasí: picó cuidadosamente las hojas, las colocó dentro de una pequeña calabacita seca, y la llenó con agua fresca del arroyo. Luego buscó una caña fina, la introdujo en el mate y probó la nueva bebida. Al comprobar que calmaba rápidamente su sed, y saborear su agradable dejo amargo, invitó a sus familiares y, no contento con ello, abandonó la maloka y llamó a sus vecinos, para hacerles probar su nuevo hallazgo. Pronto el recipiente fue pasando de mano en mano, y en poco tiempo toda la tribu había adoptado la nueva infusión: ¡había nacido el mate!
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